Hace poco más de una semana, mientras caminaba por una calle del centro de esta ciudad acelerada, escasos minutos después de las nueve de la mañana, vi cómo la gente evacuaba un edificio, la mayoría salía en pijama con la cara desencajada. Una señora pedía desesperada la presencia de los bomberos. La construcción se quemaba. Ví cómo el fuego se expandía. Sentí un vacío inenarrable y un nudo que me impedía el habla. Frente a mí una adolescente lloraba y temblaba sentada en la banqueta, quise acercarme a abrazarla cuando vi que su familia llegaba a ayudarla. Sabiendo que permanecer en ese lugar no revertiría la situación sino sólo me inquietaría más todavía, decidí alejarme. Caminé tan rápido como pude haciendo esfuerzos constantes por no desmayarme.
Cuando conseguí recuperarme, le conté a un familiar lo acontecido sin poder evitar las lágrimas.
El fuego devora...
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