Aquí la luna menguante. La noche
ha despertado sigilosa antojándome así un silencio fértil. Aprecio el sonido
que ha explotado en esta habitación recién ordenada que huele a canela y a jengibre.
Una ansiedad de vida está floreciendo en mis huesos que crujen de desesperación,
mi esqueleto exige expansión y movimiento. Gracias a ello ayer descubrí la
palabra eutonía. Anoche, cuando me acosté en la cama, tardé mucho tiempo en
quedarme dormida; ¡otra vez esa impaciencia por vivir!
No hay desazón en absoluto, quizá
sólo un poco de nostalgia por el tiempo que se ha ido, por los minutos que pasaron
mientras estuve distraída, por los años que transcurrieron impasibles cuando
tuve que ocuparme de sobrevivir.
Pero nunca he sido tan feliz como ahora que la libertad se mece en mis entrañas y la savia que recorre mis venas me aproxima a la levedad. Esta vez la risa me sale de las tripas. Me ha costado más de 600 días reconocer mi cuerpo. Por eso con humildad protejo mi carnadura de los rostros amenazantes.
Pero nunca he sido tan feliz como ahora que la libertad se mece en mis entrañas y la savia que recorre mis venas me aproxima a la levedad. Esta vez la risa me sale de las tripas. Me ha costado más de 600 días reconocer mi cuerpo. Por eso con humildad protejo mi carnadura de los rostros amenazantes.
Ya no me asusta el invierno. Sé
suavizar las grietas que el frío suele trazar en la piel.
Despojada de vergüenza, comienzo a bailar con mi desnudez y
nada más; porque la vestimenta edifica murallas y hoy quiero sentirme tan
humana como los demás.