Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es
breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto,
llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle
coto hasta besar los pies a Vuesa Excelencia; que podría ser fuese tanto
el contento de ver a Vuesa Excelencia bueno en España, que me volviese a
dar la vida. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la
voluntad de los cielos, y por lo menos sepa Vuesa Excelencia este mi
deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle que
quiso pasar aun más allá de la muerte, mostrando su intención. Con todo
esto, como en profecía me alegro de la llegada de Vuesa Excelencia,
regocíjome de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron
verdaderas mis esperanzas, dilatadas en la fama de las bondades de
Vuesa Excelencia. Todavía me quedan en el alma ciertas reliquias y
asomos de Las semanas del jardín, y del famoso Bernardo.
Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino
milagro, me diese el cielo vida, las verá, y con ellas fin de La Galatea,
de quien sé está aficionado Vuesa Excelencia. Y, con estas obras,
continuando mi deseo, guarde Dios a Vuesa Excelencia como puede. De
Madrid, a diez y nueve de abril de mil y seiscientos y diez y seis años.
Criado de Vuesa Excelencia,
Miguel de Cervantes.