Hace no mucho tiempo descubrí conscientemente que disfruto enormemente estar descalza. El hallazgo tuvo lugar en una clase de Danza Contemporánea con un excelente maestro guiando el proceso. De pronto caí en la cuenta de lo placentera que me resulta la experiencia. Sin zapatos, hay un contacto directo con el piso, un diálogo sin envoltura; una valiosa autopercepción, mi cuerpo desprende mayor veracidad y advierto una sensación de libertad.
El momento más glorioso llega en la recta final de la clase, cuando toca saltar, no sé cómo describir lo que siento entonces pero supongo que algo parecido a volar.
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