sábado, 17 de noviembre de 2012

Quizá tenga que pasar mucho tiempo para que el yugo desaparezca. Tal vez se requieran varios años para que volver al mismo punto no sea necesario. ¿O acaso el amenazante retorno será eterno? Se desconoce la respuesta. Con lo cual es preciso disfrutar la rosa con todo y sus espinas. 

León Felipe
Pie para el niño de Vallecas, de Velázquez

Bacía, Yelmo, Halo. 
Este es el orden, Sancho. 
De aquí no se va nadie. 
Mientras esta cabeza rota 
del Niño de Vallecas exista, 
de aquí no se va nadie. Nadie. 
Ni el místico ni el suicida. 
Antes hay que deshacer este entuerto, 
antes hay que resolver este enigma.
Y hay que resolverlo entre todos, 
y hay que resolverlo sin cobardía, 
sin huir 
con unas alas de percalina 
o haciendo un agujero
en la tarima. 
De aquí no se va nadie. Nadie. 
Ni el místico ni el suicida. 
Y es inútil,
inútil toda huida
(ni por abajo 
ni por arriba). 
Se vuelve siempre. Siempre. 
Hasta que un día (¡un buen día!) 
el yelmo de Mambrino 
—halo ya, no yelmo ni bacía— 
se acomode a las sienes de Sancho 
y a las tuyas y a las mías 
como pintiparado, 
como hecho a la medida. 
Entonces nos iremos todos 
por las bambalinas. 
Tú, y yo, y Sancho, y el Niño de Vallecas,
y el místico, y el suicida.

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