He de platicarles, escasos pero queridos lectores, que eso de las despedidas me produce unas ñañaras tremendas. Aquello que se siente cuando se acerca el momento del adiós o el hasta luego en el mejor de los casos es tremendo, a mí me resulta tan complicado... me dan unas ganas bárbaras de salir huyendo y saltarme ese momento. Claro, hay de despedidas a despedidas, unas más amargas que otras... yo ahora, abusando del drama, me estoy refiriendo a aquellas en las que desde dos o más días antes del momento terrible ya se siente algo extraño en el estómago, en la garganta... como si el cuerpo presintiera que existirá un vacío y se preparara para ello... esas despediadas que pegan con ganas, esas en las que no se puede (por lo menos a mí así me pasa) ni pronunciar palabra, no vaya a ser que uno se desparrame y exponga su sensibilidad de par en par ante las demás miradas. Por eso yo prefiero expulsar todas las palabras y mimos necesarios antes del temido suceso y... que baste mi presencia para decir adiós.
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