Hoy es domingo, son las 7:30 de la mañana cuando despierto después de haber tenido un sueño reparador de más de 8 horas continuas, sin embargo permanezco en la cama, cambio de posición mientras siento todavía en algunas partes de mi cuerpo ese dolor característico del ejercicio. Cierro los ojos, respiro profundamente y dormito durante varios minutos. A las 9:30 me levanto convencida de que ha sido suficiente el descanso, me calzo unas pantuflas blancas que ya exigen limpieza y me dirijo hambrienta hacia la cocina. No hay nadie en casa. Encuentro en la barra un jugo de naranja con zanahoria. Lo bebo encantada. Me preparo una enorme quesadilla con queso oaxaca, jamón y mucho aguacate. Y como no perdono comida alguna sin postre me como plácida unas deliciosas galletas y un café con leche. Dejo un trozo de papaya para más tarde. Satisfecha, subo las escaleras cantando una canción de antaño. Se me antoja el día en solitario. Entro a mi cuarto, recojo la ropa sucia acumulada, quito mis sábanas y me dirijo sin desvíos a la lavadora. La cargo de prendas oscuras y la dejo funcionando mientras me baño. Me pongo pants guangos, me cepillo el cabello y lo dejo suelto sin embarrarle absolutamente nada. Recojo mi recámara, ordeno papeles, reviso el calendario. Me siento frente a un escritorio y termino de leer una revista rezagada. Me quedo inmóvil unos segundos. De pronto recuerdo la ropa en la lavadora, la tiendo al aire libre sintiendo el sol en la espalda. ¡Qué bonito día!, digo en voz alta. Salgo de casa, enciendo el coche, me dirijo a un lugar cercano con la intención de rentar una película, pregunto por "La elegancia del erizo", frente a mí un joven busca en la pantalla, con el ceño fruncido me dice que no aparece en sistema, entonces con una sonrisa amable le pido que busque "El encanto del erizo", responde sonriendo afirmando que es el nombre indicado pero ya no existe en inventario. Abandono el sitio desilusionada; para apagar la pena decido comprarme un helado. Una vez devorado subo al carro. Regreso a casa. Enciendo la computadora para revisar si he recibido respuesta a un mail enviado hace poco más de una semana. Nada interesante en la bandeja de entrada. Contesto dos mensajes que descubro en mi celular. Pongo música, obedezco a mi antojo y canto con Enrique Morente una lista de canciones encabezada por "El lenguaje de las flores". Hago la comida: sopa de pasta, carne asada, brócoli y ensalada. Remato con la papaya antes despreciada, le pongo encima yogurth natural y los pocos arándanos que quedan en una bolsa. Suena el teléfono, es mi madre que pregunta si he comido y descansado. Afirmo con convicción y ella se despide con voz serena. Subo a la azotea para buscar unas cosas en la bodega. Vuelvo a sentir el sol y el aire en mi espalda, entonces me tumbo sobre una manta. ¡Qué bien se está aquí! me digo contenta. Permanezco impávida. El sol a esta hora ya no molesta y el viento que sopla es una gozada. Miro el cielo; y pienso... Lo demás no tiene importancia.
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