¡Qué rápido se me pasó el fin de semana! Es que me encanta. Me agrada la satisfacción que me invade la tarde del viernes después de haber cumplido una jornada laboral, aquella que aunque se disfruta me produce un cansancio tal que no puedo dejar de valorar la recompensa, esas maravillosas 48 horas (que generalmente me saben a poco) para hacer lo que me plazca, sin un despertador de por medio que me obligue a levantarme cuando todavía no ha salido el sol.
Esto me remonta a mis años de escuela en los que me chocaba enormemente escuchar el despertador o la voz de mi madre advirtiendo que se haría tarde, que crueldad pensaba yo, estando tan cómodamente instalada en mi cama gozando de un sueño placentero y suena ese aparato que acaba con el encanto, no es justo, si todavía no me recupero del desgaste del día anterior. Ah, pero qué tal cuando programaba el reloj porque me aguardaba un viaje, un paseo, una clase de danza… Por imposición cómo cuesta trabajo trabajo, por devoción, adelante y ni se siente. Que mente la mía que resultó un tanto chantajista, pero ya está aprendiendo a comportarse, a mirar el lado más agradable…
Volvamos, que en principio hablaba yo del sábado y el domingo, de cómo me caen bien al cuerpo. Este fin de semana, por ejemplo, fue ameno. La tarde del viernes la pasé con amigos, nos contamos los últimos acontecimientos y reímos a gusto. Tomamos muy en serio eso de que la risa tiene grandes beneficios sobre la salud, sabemos que activa innumerables músculos de la cara, que reduce el estrés y mejora la autoestima.
El sábado comí con gran parte de la familia en casa, me gusta cuando el comedor se llena e intercambiamos palabras. Me introduje en la cocina con anticipación para echar una mano con la comida, no hice gran cosa porque todavía no termino de descubrir aquello que llaman sazón. Rebané un lomo que quedó buenísimo (eso sí, se me da muy bien degustar), freí unos plátanos machos y atendí con esmero a los invitados, todos parientes al fin y al cabo.
Y hoy… hoy me rindió el día, durante la mañana no dejé de hacer cosas y por la tarde a Coyoacán, me resulta divertido ir ahí, no lo hago muy seguido pero cuando voy acostumbro sentarme en una banca a disfrutar de unos churros y un capuchino mientras veo a la gente pasar, cuánto folklore hay reunido en ese lugar, lo visitamos personas de todo tipo y eso me gusta. Y después a caminar y chacharear.
Así fue, y ahora ya me voy a descansar porque mañana otra vez hay que madrugar.
Buenas noches. Buena suerte.
Esto me remonta a mis años de escuela en los que me chocaba enormemente escuchar el despertador o la voz de mi madre advirtiendo que se haría tarde, que crueldad pensaba yo, estando tan cómodamente instalada en mi cama gozando de un sueño placentero y suena ese aparato que acaba con el encanto, no es justo, si todavía no me recupero del desgaste del día anterior. Ah, pero qué tal cuando programaba el reloj porque me aguardaba un viaje, un paseo, una clase de danza… Por imposición cómo cuesta trabajo trabajo, por devoción, adelante y ni se siente. Que mente la mía que resultó un tanto chantajista, pero ya está aprendiendo a comportarse, a mirar el lado más agradable…
Volvamos, que en principio hablaba yo del sábado y el domingo, de cómo me caen bien al cuerpo. Este fin de semana, por ejemplo, fue ameno. La tarde del viernes la pasé con amigos, nos contamos los últimos acontecimientos y reímos a gusto. Tomamos muy en serio eso de que la risa tiene grandes beneficios sobre la salud, sabemos que activa innumerables músculos de la cara, que reduce el estrés y mejora la autoestima.
El sábado comí con gran parte de la familia en casa, me gusta cuando el comedor se llena e intercambiamos palabras. Me introduje en la cocina con anticipación para echar una mano con la comida, no hice gran cosa porque todavía no termino de descubrir aquello que llaman sazón. Rebané un lomo que quedó buenísimo (eso sí, se me da muy bien degustar), freí unos plátanos machos y atendí con esmero a los invitados, todos parientes al fin y al cabo.
Y hoy… hoy me rindió el día, durante la mañana no dejé de hacer cosas y por la tarde a Coyoacán, me resulta divertido ir ahí, no lo hago muy seguido pero cuando voy acostumbro sentarme en una banca a disfrutar de unos churros y un capuchino mientras veo a la gente pasar, cuánto folklore hay reunido en ese lugar, lo visitamos personas de todo tipo y eso me gusta. Y después a caminar y chacharear.
Así fue, y ahora ya me voy a descansar porque mañana otra vez hay que madrugar.
Buenas noches. Buena suerte.
El despertador es la música del tiempo... una fabricada por el hombre.
ResponderEliminaray mari alfin pude leerlo te quedo muy padre igual q tu blog el cual estare visitando
ResponderEliminarBESOS
ANA