Cuan atractivos pueden ser el dinero y el poder, cuanta habilidad para empañar itinerarios. De pronto uno puede caer inconsciente ante sus encantos y difícil entonces recuperar el escrúpulo. En tal estado la competitividad se torna irascible y muestra sus peores artimañas dejando de lado vocaciones y esperanzas, amordazando al conocimiento para que nadie salga beneficiado porque ello significaría menos atención al insensato, menos focos alumbrándolo y un dolor acrecentado.
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